lunes, 25 de junio de 2018

Vivencia de cualquier niña en África. Escrito por Rosa Fernández Salamanca


Jamelia está sentada sobre el suelo con las piernas abiertas. Dos mujeres la sujetan por los brazos, dos por las piernas y otra por la cintura procurando mantenerla inmóvil ante el dolor inminente. Es una niña de apenas 10 años que nació en un poblado situado a 50 km de Mogadishu, la capital de Somalia. La niña vive allí con su familia que se sustenta de la cría de ganado y de la agricultura. Se trata de un poblado con tradiciones muy arraigadas donde la mayoría de las mujeres ven como algo normal las prácticas de mutilación que dejan a las niñas con secuelas físicas y psicológicas arriesgándolas incluso a la muerte.

El ritual comienza al ponerle un cuchillo ardiendo entre las piernas, realizando unos cortes a derecha y a izquierda con el fin de quitarle los labios menores y el clítoris. La sangre empieza a brotar por todas partes y aunque a priori entumecen la zona con agua fría, los alaridos de Jamelia se clavan en mi cabeza como un taladro martilleando sin cesar. No puedo dejar de ver la sangre brotar de ese pequeño cuerpo en manos de esa mujer que actúa sobre ella con una frialdad propia de una carnicera a la que le pides que te trocee un pollo.


Aamori, es la partera que desde hace muchos años se dedica a realizar estas prácticas a todas las niñas del poblado antes de convertirlas en mujeres adultas. Es una mujer de avanzada edad que fue formada por su madre para continuar con la tradición de esta práctica, del mismo modo que ella iniciará a su hija para cuando ella falte. Es una mujer importante dentro del poblado, no es una curandera, se trata de una experta en mutilaciones femeninas con un prestigio enorme dentro de su territorio, por eso la llaman, Aamori, la mujer cualificada.


La madre, Kimya, nació en el poblado hace 27 años, tiene un hijo pequeño y dos hijas mayores que Jamelia. Su nombre significa “Silencio”, el mismo que guarda cuando observa todo el proceso desde cerca sin decir nada. Ha pasado por este trance tres veces en su vida y sigue siendo fiel a su nombre. Tal vez su propia naturaleza ha dotado a Kimya de una armadura que le impide recordar el dolor sufrido en su propia piel hace tantos años, siendo esa misma armadura la que sujeta su corazón para no morir al ver a su hija retorcerse ante la tortura consentida. Lo tiene tan interiorizado que se siente orgullosa de que Jamelia se esté convirtiendo en una mujer ante los ojos del poblado. Sabe que sin ese trámite no hay oportunidades. La mirada de Kimya oculta los grandes horrores del continente negro.

Hay que jugársela con la muerte, es la única posibilidad que tiene Kimia de darle de nuevo la vida a su hija. No hay otra alternativa: tiene que parirla por segunda vez. Es el único camino para evitar el destierro, poder ser madre y formar una familia en Somalia. No hay más opciones a su alcance.

Cuando terminan la extirpación genital pasan a coser la vagina con aguja e hilo para preservar la virginidad de la niña, dejando únicamente un pequeño orificio para que pueda salir la sangre de la menstruación y la orina. Orificio que provocará infecciones, quistes y enfermedades a lo largo de su vida.
Cuando se case, su marido cogerá una cuchilla y la abrirá. ¡Cuántas veces la humillación visitará el cuerpo de Jamelia!

No puedo dejar de mirar los ojos inmaculados de esa niña teñidos con el rojo del dolor, y el sufrimiento que tolera a pesar de su corta edad. No puedo cesar de escuchar sus alaridos entre los murmullos de mujeres que parecen ir a lo suyo sin escucharla, no puedo evitar mojarme con sus lágrimas que se precipitan hasta sus labios, los únicos que le quedarán para besar y para ser besados.
Jamelia, significa Bella, y para ser Bella en África hay que estar mutilada.


Relato escrito por Rosa Fernández Salamanca

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